
Me indigna ver que en este país se aplica la ley del más fuerte. Algunas personas irrespetan los derechos de los demás y lo hacen como si nada pasara. El otro día me encontraba en un centro comercial de la capital y decidí comprar una botella de agua. Me acerqué a una sorbetería y, mientras esperaba mi turno a ser atendida, un hombre pasó frente a mí; se asomó a la caja y, con prepotencia, pidió una botella con agua. La cajera, desconcertada, ya que estaba atendiendo a un cliente, se la facilitó. El hombre canceló, dio la vuelta y se retiró del lugar.
Este tipo de comportamientos es común entre algunos salvadoreños. A mi parecer, la lógica de estas personas se centra en aplicar la ley del más fuerte, sobrepasar el derecho de los demás y, de esta manera, lograr respeto. Se trata de “ver cómo engañar a las personas o hacer trampa antes de que te lo hagan a ti”, opina Rebeca Guerrero. “Si ellos quieren que se les respete, entonces deben respetar a los demás”, concluye.
Por otro lado, según las autoridades de tránsito, las principales causas de los accidentes son: la imprudencia y la ebriedad. En este sentido, pensemos en el tráfico vehicular de las horas pico, muchos conductores manejan de manera tal que si pueden avanzar un espacio lo hacen sin importarles si generan más congestionamiento del que hay o si ocasionan un accidente. Los conductores tratan de “acortar tiempo” y espacio pasando de un carril a otro. Po si esto fuese poco, se les agregan los motoristas del transporte público. Éstos son los que más irrespetan las leyes de tránsito y aplican la ley del más fuerte. Aprovechan el tamaño de la unidad que conducen y se abren paso entre los demás automóviles, son los que más congestionamiento provocan y ponen en peligro la vida de los demás. Estas actitudes son incómodas tanto para los conductores del transporte público, como para los vehículos livianos. Ambos tratan de ejercer fuerza para que el otro no pase.
En otra línea, están los jóvenes que gustan de la velocidad. La inconciencia de éstos pone en riesgo a todo su entorno. Es común verlos que hacen virajes donde está prohibido hacerlos (aunque esto lo he visto en personas de muchas edades), hacen carreras en plena ciudad, no respetan los semáforos (esto también es de muchos). Es como si, en lugar de tener herramienta para desplazarse de manera segura, tuviese una máquina de peligro en potencia.
Pero el irrespeto no solo se da en los conductores, también los peatones logran llamar la atención. Éstos no hacen uno de las pasarelas y prefieren arriesgar sus vidas y la de los demás cruzando las calles. Muchas personas hacen uso de las pasarelas si son calles muy transitadas, de lo contrario prefieren cruzarse la calle, lo que ha permitido que sucedan algunos accidentes justo en las zonas donde están colocadas. Los transeúntes hacen uso de los pasos cebra, que se encuentran en las esquinas de las cuadras, siempre y cuando su lugar de destino esté cerca de ellos, de lo contrario prefieren caminar y pasarse la calle donde no hay señalización de cruce peatonal. Las pasarelas han sido colocadas en los lugares donde más accidentes automovilísticos se han registrado. Sin embargo, la gente prefiere seguir arriesgando su vida en lugar de subir unas cuantas gradas, lo que también podría tomarse como falta de respeto hacia los conductores porque los obligan a disminuir velocidad y exponer a un posible accidente.
En fin, en nuestro país no se busca respetar el derecho del otro, al contrario, se trata la manera de presionar para que el otro respete el derecho ajeno. Pareciera que a medida que pasa el tiempo aquella frase de Benito Juárez: “El respeto al derecho ajeno es la paz” no significa nada para nuestra sociedad.